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Mi primera impresión de Altzuza

Por: Arantzazu Amezaga Iribarren.

 

La primera vez que vi lo que hoy es Errikotxiki, hubo una tormenta. El cielo estaba de un azul grisáceo con oscuros nubarrones. Observé un extraordinario arco iris que parecía nacer en Egues y anclarse más allá de Huarte. Lo contemplé con tanta emoción que no sentí como se me hundían los pies en el barro, al bajarme del coche del promotor que me traía a ver el lugar donde el arquitecto Fernando San Martín, pensaba materializar su proyecto de 20 casas. Recuerdo que aparte de unos nogales, en lo que se me dijo era la entrada de la futura urbanización, no había árbol alguno, y el monte San Miguel, donde se afincaba el viejo pueblo de Altzuza, con sus casas de piedra y la hermosa iglesia de San Esteban, del S. XII adscrita al Hospital de Nuestra Sra. de Roncesvalles, y en el S. XIII el más poblado del valle, tampoco tenía árboles. El pastoreo excesivo acabó con su antigua fisionomía.

Pero la vista del valle de Egues me cautivó y aún más a mi marido, y nos lanzamos a la aventura de construir nuestro hogar sobre aquel barrizal, junto a gente que no conocíamos -Pello y yo acabábamos de llegar de Venezuela-, y que venía dispuesta a la misma contingencia. Queríamos rescatar a nuestros hijos de la vida ciudadana, que se criaran campo abierto en contacto con la naturaleza pródiga que pronto llenamos de árboles y flores. Puedo afirmar que aquella amistad inicial, reforzada por las muchas situaciones difíciles que hemos soportado, continua intacta, enriquecida por los avatares y los resultados óptimos de nuestra arriesgada empresa.

Los de Errikotxiki, cuando nos reunimos, disfrutamos contándonos, sin cansancio, las veces que se nos inundaban los jardines y las bajeras, en que se nos iba la luz por horas a la mínima tormenta, en que a la primera nevada se apagaban las calderas, dejándonos helados y, lo peor, aislados. Por muchos años, el batallón de hombres comandados por nuestro primer y por veinticinco años portero, el querido Bernabé, libraban a paletadas el camino interno de la urbanización para poder acceder a la carretera exterior.

Si no se lográbamos salir, pese a esos viriles faenas, los de Errikotxiki organizábamos nuestra fiesta de nevada, reuniéndonos en las casas, prendidos los fuegos, comentando los sucedidos entre risas, organizando el plan de mantener entretenidos a los niños en esas condiciones. Sumaron por un tiempo más de 70, y para ellos hicimos toda clase de jornadas olímpicas, campeonatos de natación y bicicleta, paellas que degustábamos entre risas, y la noche de San Juan siempre tuvimos nuestra fogata: los niños saltando y los mayores hablando.

Se nos han ido muchos de los fundadores iniciales: Fernando San Martín, Pilar Unzue, Pilar Brun, Teresa Rouzat, María Villanueva, Esteban Puig, José Ramón Doral, mi marido Pello Irujo. Los seguimos recordando en nuestras charlas, rememorando lo que juntos vivimos, que tuvo la magia de una colonización pacífica, voluntaria, con un ideal de reencuentro con la naturaleza y de amistad entre vecinos. Sin querer crear un pueblo, lo logramos por la convivencia amable y esforzada.

Los primeros años nos impactó el espectacular silencio de las noches, la fulgurante luz de las estrellas, las lágrimas de San Lorenzo en agosto… nos íbamos a la piscina, en puntillas, a ver esa maravilla oculta por la luz de las ciudades, y que a nosotros se nos daba con tanto esplendor. La luna llena es más grande en Errikotiki comentábamos, y a los niños les decíamos que se asomaba por Aoitz. Los eclipses de luna eran contemplados con enorme interés, todos al aire libre, apagadas las luces, cubiertos con mantas, y el cuello estirado mirando el cielo. No todos teníamos telescopios potentes.

Y los amaneceres que le gustaban a Jorge Oteiza, el que impuso el nombre a la urbanización, y los atardeceres deslumbrantes de color, nos hacían salir de las casa y encontrarnos, para contemplarlos en el gran común de hierba en el que los árboles iban cobrando fuerza. Plantamos pinos, manzanos, cerezos, ciruelos, alisos… y nos entregamos con efusión al cultivo de rosas. De aquel barro primordial que encontramos, logramos instaurar un jardín. En recompensa, nos llegaron los ruiseñores.

Una de las cosas que nos impactaba era la pasada de palomas y grullas, también motivo de jolgorio. Una de las veces, quizá atraídas por el agua de la piscina, descendió una pequeña bandada de grullas en Errikotxiki, y aquello fue un deleite. Nos visitaban por entonces jabalíes, hurgando en las basuras, y desfilaban ante nuestros atónitos ojos, las culebras bastardas. Había perros y gatos en cantidad y, en las noches de la primavera, comenzaron los autillos y los búhos a advertirnos su presencia, perdido el miedo que les inspiramos al principio.

Las picarazas nos han acompañado siempre, montando sus nidos en las ramas de los árboles crecidos. Son bullangueras y desfilan por los jardines con propiedad. Las perdices, que dieron nombre al campo que hoy ocupa Errikotxiki y Alzuza II, en su día Eperlarrea (campo de las perdices) muchas veces discurrían por los jardines, sabiendo que no íbamos a agredirlas.

Hemos visto desbordarse el valle que encontramos casi deshabitado al llegar, en 1975. La conciencia ecológica que nos impusimos, hace ya casi 40 años, sigue siendo prioritaria para nosotros. Nuestro sueño se convirtió en realidad, ahora nos toca cuidarlo para que no pierda el sortilegio con que fue concebido.